Estábamos los dos esperando morir en cada una de las miradas que se cruzaban con nosotros, para no tener que ir haciéndolo lentamente con cada uno de los suspiros que se escapaban por nuestras frágiles bocas.
Corríamos con todas nuestras ganas por aquellas calles que nunca habíamos visto y pisábamos su suelo con fuerza, como si nos resultasen familiares los sitios por los que caminábamos. No nos importaban los buenos modales, ni la educación, ni si era correcto o no, pero corríamos y gritábamos, corríamos y gritábamos a pleno pulmón para que todo el mundo se enterase de que estábamos vivos, de que estábamos juntos y podíamos ser cualquiera de aquellas historias de amor imposible que salen en las películas, cualquiera de ellas o todas a la vez.
Y conforme corríamos nos dábamos cada vez más cuenta de toda la incoherencia que nos rodeaba, de que nuestras manos entrelazadas pronto serían humo, un humo que ya nunca se separaría de nosotros, que
impregnaría nuestras ropas, nuestros muebles, nuestra vida.
Y todo ese humo que desprendíamos en cada abrazo, en cada beso y en cada mirada, contenía una pizca de ilusión, de esperanza por un futuro incierto que ambos construíamos sin quererlo, día a día, creyendo sin querer que podríamos mantenernos con vida por mucho tiempo sin que el humo nos asfixiase por completo.
Y hoy día, habiendo pasado veinte años desde que el humo evaporase todo rastro de ti, me doy cuenta de nuestro terrible error, y me descubro a mí misma pensando en que nunca supimos correr ni gritar lo suficiente, y de que el eco de aquellas palabras que me dejaste como recuerdo es el único reflejo de ti que me queda y me quedará, para siempre.