Recuerdo con claridad las arrugas de tu vieja camiseta y su color gris sucio, o quizás me lo esté imaginando, como imagino también que desprendías un suave aroma a naranja que me quedaba sin respiración durante algunos segundos.
Me agarrabas de la mano fuerte como si al no hacerlo, me fuese a desintegrar, y me susurrabas al oído que no tuviera miedo de esos hombrecitos con capucha y aspecto de drogadictos que pasaban por nuestro lado y nos miraban con ojos podridos de odio. Comprendía tan bien aquellas figuras tristes...era como si pudiera verme reflejada en ellas. Mi futuro más inmediato asomándose a la vuelta de la esquina.
La calma que me entraba al oír tu voz solo se veía alterada por aquellos chupitos de tequila que tomábamos todas las noches con la esperanza de no tener que enfrentarnos a la realidad, nuestra realidad en suspensión temporal, efímera, aquella que bebíamos y bebíamos cómo si no tuviera fecha de caducidad, aquella en la que jugábamos a ser todos los demás y ninguno en particular.
Y no era tu culpa que yo me emborrachase todas las noches hasta perder el control y te vomitase palabras que en realidad no pensaba, porque después paseábamos por las calles de Tokio durante horas y, junto al ruido de los coches y unos cuantos besos, restaurábamos nuestra calma habitual y volvía a callarme todo lo que tampoco te había podido decir en estado deplorable de embriaguez.
Mi traspiés, mi confusión, el tragarme las palabras junto al alcohol y acusarte de ello hasta el punto de consumirte y arrastrarte conmigo...no era tu culpa, ni la de los hombres encapuchados que me inspiraban miedo, ni siquiera era la culpa de aquel tequila barato que comprábamos en el supermercado todas las tardes para olvidar nuestra absurda existencia.
No era tu culpa, pero tampoco era la mía.
Porque la palabra efímero solo cobraba sentido cuando la pronunciabas entre trago y trago, y me decías, mientras expulsabas el humo del cigarrillo: "Eh, no olvides que vales más que toda esa mierda".
Qué bonito, Anto...
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