jueves, 31 de enero de 2013

1:45 a.m.


Lo peor de todo fue darme cuenta de que no quería correr tras ellos. De que yo no estaba dispuesta a sobrevivir. A poner todo "mi pellejo" en la única meta que mantiene con vida este mundo.
No estaba dispuesta, no era capaz, o no quería simplemente.
Y daba igual que intentase alcanzarlos, porque corrían más rápido que yo y yo me volvía a quedar para atrás, sola.
Mis pensamientos en forma de torbellino, no querer estar allí y tampoco querer estar aquí. Querer desaparecer simplemente, desaparecer o hacer lo que siempre había sabido hacer a la perfección, ahogarme. Ahogarme en mi mierda y en mis contradicciones.
Lo bueno de estar todo el tiempo sumergida bajo el agua es que cuando crees que has salido un poco a la superficie puedes  disfrutar de ese momento de gloria y creer que quizás es cierto y la esperanza y la felicidad aun existen, para después volver a sumergirte y seguir con lo tuyo, con tu vida, con tu vida de mierda, con tu café de las dos, el de las tres y el de las cuatro de la mañana, con las colillas a medio apagar en ese estúpido cenicero mal hecho, con tus uñas mordidas y los gritos en silencio al vacío.
Respirar y andar, acciones simples y mecánicas que no requieren de pensamiento o esfuerzo alguno, no se me habían dado ni se me darían nunca bien.
A mi me gustaba más huir, huir sin saber bien cómo ni hacia dónde.
Huir con tu vieja maleta de ruedas llena de ilusiones rotas y rostros a olvidar y que todo lo demás, te de absolutamente lo mismo.

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