La ventana estaba ahí, delante de nuestros ojos, y nos mostraba un mundo tan gris y tan podrido como nuestros agotados corazones.
Y era todo tan maravilloso y tan triste a la misma vez, esa sensación de no pertenecer a nada ni a nadie, de no saber si estás vivo o si es solo un espejismo de la propia muerte, siendo un cuerpo contra otro cuerpo.
Querer permanecer así siempre, en aquella tarde de domingo perpetua, nos llevaría toda la eternidad, y lo curioso de todo esto era que, no nos importaba o al menos, eso queríamos creer.
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